martes, agosto 07, 2007

La guerra de los libros

La guerra de los libros: o del relato en que los libros armaron una revolución y se hicieron a las armas en los que muchos nobles murieron hasta que los dioses finalmente les restituyeron.

¡Canta o musa la colera de los libros! y aquel funesto día en que los libros decidieron que habían tenido suficiente e hicieron una guerra. Todo comenzó de forma paulatina y discreta, pero como la mayoría de los problemas sociales que desencadenan en revoluciones, estalló por falta de cuidado en los momentos en los que todavía se podía hacer algo. Mis libros festejaron su emancipación de la biblioteca familiar, primero los moví a un lugar de la casa con bastante humedad que aunque no era el mejor para su condición al menos tenían espacio y lugar para vivir, además los clasifique cronológicamente en tres estantes, lo cual les pareció apenas no adecuado pero si suficiente. Todo iba bien hasta que por supuesto más y más libros comenzaron a llegar. Como una comunidad solidaria que son, intentaron hacer un espacio para que cupieran los nuevos inmigrantes, pero con el tiempo llego el momento en el que no cabían más y se organizaron en doble fila. Los libros tuvieron que hacer sacrificios; los que estaban atrás se ahogaban, e incluso algunos otros se caían o se perdían, no importaba estaban determinados a hacer lo mejor para la comunidad y lo hubieran logrado si no hubiera sido por mi negligencia. Las cosas estaban mal pero lo peor estaba por llegar.
Los estantes dieron de sí, además de los libros nuevos que cada vez eran más, el librero tuvo que soportar ahora kilos y kilos de copias, y lo que en otro tiempo hubiera sido una fiesta para ellas por la ocasión de recibir a un nuevo integrante de la familia en realidad se convirtió en tragedia.
Los libros ya no podían ocupar el estante y comenzaron a formar pilas sin que siquiera se dieran cuenta, pilas que respondían al único criterio de que los tomaba y descuidadamente los ponía donde menos trabajo me costara ponerlos. Los libros dejaron de tener ese orden cronológico que alguna vez tuvieron y ellos mismos se perdían en sus trayectos. Los libros empezaron a ocupar el escritorio, la cama, el estudio, mi cuarto, algunos terminaban en la sala, otros en regiones remotas de la casa lejos de sus familiares y amigos. Separaciones y miembros perdidos, parecía el resultado de una guerra, ya no quedaba nada de lo que alguna vez fue una bella civilización literaria sino un panorama desolado y post-apocalíptico.
Allí fue cuando los libros decidieron que era suficiente. Pasaron la voz hoja por hoja y letra por letra. Los libros se declaraban oficialmente en estado de huelga. No cooperarían con ninguna causa hasta que se resolviera su situación a través del cumplimiento de un tratado firmado por cada uno de ellos:
Considerando la precaria situación en que nos encontramos, nosotros, los libros no cooperaremos con ningún trabajo escolar, proyecto de tesis, o siquiera alivio de aburrimiento si no se satisfacen adecuada y cabalmente las siguientes demandas:
1. Que se otorguen estantes suficientes, amplios y espaciosos para todos los habitantes del reino literario y se le den consideraciones especiales de luz y humedad para los residentes más antiguos.
2. Que se cumpla satisfactoriamente con una clasificación literaria justa, que permita la creación de comunidades temáticas formadas por los miembros más afines.
3. Que se realice la liberación de los presos políticos que han sido secuestrados por el régimen en virtud de su resistencia civil pacífica. (Se refieren a los libros que se tiraban de los estantes y que yo recogía y ponía en otro lugar -en una pila- sin percatarme que se trataba de una señal de protesta).
4. Que se reintegre a la sociedad literaria todos aquellos libros que por negligencia fueron exiliados y que no tienen modo de regresar a su hogar.

Si estas peticiones no son cumplidas, nosotros, los libros, realizaremos todo tipo de acciones revolucionarias hasta que se ponga fin cabalmente a esta crisis.

Atentamente
CGHL (Siglas para Consejo General de Huelga Literaria).
Luego aparecían las firmas (los ISBN) de los libros y en el tope los nombres de los presidentes del CGHL que eran casi todos libros de Marx, Feuerbach, Rousseau, más ilustrados y muchos revolucionarios.

Así comenzó el sabotaje al régimen, los más activistas se tiraban o escondían en sus filas a los libros que necesitaba, después de un tiempo y debido a su increíble organización lograron tener redes de comunicación que me espiaban y se percataban de que libro iba a necesitar para esconderlo. El mismo caos que había provocado les sirvió para organizar una guerra de guerrillas y organizarse en pilas para tropezarme, o esconder los documentos que estaba utilizando en ese momento.
De cualquier modo aún con todos sus esfuerzos yo me las ingeniaba para tirarlos por todas partes ya sin ninguna consideración o para separar a los reincidentes, las bajas por aquel lado fueron tremendas, finalmente se declaro estado de guerra. Por su parte las copias y los papeles no quisieron alinearse con ellos, ya que al ser más manejables no tenían la fortaleza de los libros como para oponerse. Sin embargo esto ceso un buen día, en el que los papeles y las copias finalmente se aliaron con los libros, convenciendolas en que las consideraciones que se les tenía por no estar empastadas o archivadas terminarían cuando llegaran más copias, finalmente las copias no son tan resistentes como los libros. Persuadidas por libros con el argumento de que son mucho más vulnerables se aliaron en mi contra y me extendieron un ultimátum: si no resolvía la situación en cuestión de horas, los libros revolverían las copias unas con otras ocasionando un desorden civil que no hubiera podido resolverse en años. No tuve alternativa y finalmente capitule los términos de mi rendición.

El fin de semana fui en busca de un librero, encontré uno adecuado y acabe comprando dos por temor a la sublevación pero también con la intención de anticipar espacio para poder solventar futuras crisis, ya que un librero hubiera sido apenas suficiente.
Cargue los libreros hasta mi cuarto y con la ayuda familiar convertimos la habitación en un astillero provisional donde se armaron las nuevas residencias. El trabajo me dejó exhausto y la noche cayó, sin embargo me dio tiempo de poner algunos libros en los recién inaugurados estantes. El proceso de clasificación aún no comenzaba pero al menos le dejó tiempo a los refugiados de curarse y encontrar familiares perdidos.
Esto sucedió el fin de semana, hoy continué el trabajo de reconstrucción, y con las nueva noticia de la creación de un nuevo mega-librero (en realidad no es muy grande pero para un libro un librero es como una ciudad) se levantó la huelga.
Los libros comenzaron a colaborar, liberaron libros que yo había dado por perdidos, colaboraron con la reclasificación y se organizaban temáticamente entre sí. Por mi parte cumpli paso a paso los requerimentos de su pliego petitorio, lleve los libros debiles, viejos o mutilados a un zona especial donde podrían vivir el resto de sus días, libere a los presos políticos, y comence el proceso de clasificación con su ayuda. Los libros incluso sugirieron que el antiguo librero y el nuevo librero se dividieran en filosofía y literatura y que los libros con género variable decidieran el mejor lugar para ellos. Los libros de Kierkegaard que todo este tiempo habían estado siendo irónicos con el problema finalmente se reencontraron, los libros religiosos dejaron de rezar, los de poesía dejaron de ser tan melodramáticos, los libros políticos propusieron un nuevo orden social, los de literatura se pusieron sus mejores galas y acudían a las épicas para señalar similitudes de esta pequeña guerra con las grandes historias, los cuentos enseñaban el final -fueron felices por siempre-, y los de filosofía dejaron de especular acerca de su situación en-el-librero para especular sobre la existencia del gran editor. Así un libro de Tito Livio me indicó que cerráramos este pasaje de la historia conocido como "la guerra de los libros" y Tucidides vio conveniente no escribir al respecto. Shakespiere cambió sus páginas de dramaturgias a comedias y en lugar de que mis libros acabaran perdidos, sucios, desorganizados y mojados acabaron formando un nuevo reino construido con dos ciudades-librero.
El proceso de reconstrucción aún no termina, sin embargo tanto los libros como yo firmamos un tratado para que esto nunca vuelva a suceder, por que si hay algo peor que un filósofo se peleé con sus ideas, es que se pelee con sus libros.

3 comentarios:

x_centrik dijo...

¡Me encantó!

No soy elocuente para dejar comments.

Valentïna dijo...

Jajaja me imagino a "El Capital" alborotando a todo el proletariado de libros, a Tom Sawyer dandole malas ideas, a "Utopía", "El Contrato Social" y "La República" filosofando sobre el sistema!

Me encantó tu post!

Zad-san dijo...

Y acaso hay algun tomo tomista (la cacofonía es intencional) que de una prueba física de la existencia del Gran Editor?
Se han planteado el problema del mal, a saber, que de existir el Gran Editor, como sería posible que permitiera semejante desastre?...
En cualquier caso, la tesis final es de indudable evidencia y tu testimonio me ayudará a evitar tragedias similares...