martes, enero 02, 2007

Lo que esta en medio del mar y la arena

Es de los capitalinos sensación el atiborrar cuanto centro de esparcimiento posible exista, siendo el puerto de Acapulco uno de sus blancos favoritos, arrasando cual langostas con todo el espacio posible y el aire limpio colmandolo de tufos pastoriles y deseos habituales de pasarse los días de la forma más huevona posible.
En estos sitios me encontraba yo, en un momento paseando por la playa y notando la cantidad absurda de connacionales feminas que sacrificaban sus tersas pieles al dios Sol. Es entonces cuando me vino una enfermedad persistente en mi, me llené de angustía y pense: -podría pasarme la vida seduciendolas y nunca terminaría, hay tantas chicas que pierdo mi tiempo si en este mismo momento no me encuentro en la labor del romanceamiento-, pero luego me vino un segundo pensamiento: -digamos que lo hiciera, mi vida se me iría en un insesante recorrido de lechos y perfumes hasta que muriera seguramente sólo y sin alguien con quien acudir en los momentos de pena-. Luego llego el tercer pensamiento: -entonces nada de ello vale la pena, lo mejor sería pasar el tiempo dedicado a una obra monumental que ayudara a todos los hombres, deberé irme a meditar al tibet o entregar mi vida al servicio de los demás, a una obra tan grande que me rebase y supere a todos los hombres-. Pero este tercer pensamiento también se desvaneció: ¿de qué sirve hacer una obra inmortal superior a todos los hombres si yo y cualquier individuo no es más que un hombre mortal?, ¿de qué nos sirven las estatuas que honran a los poetas, los músicos, los benefactores, los padres de las patrías sino para adornar los parques?
Me encontraba en medio de estas disquiciones justo en la orilla viendo por un lado las arenas donde se asoleaban cual lagartijas las bellezas titánicas esperando a ser seducidas y por el otro lado el largo y ancho mar recondandome la infinitud y exhortandome a hacer una obra inmensa. Miraba y miraba y me di cuenta, en la arena estaba lo finito, el momento, el instante de poseer en cada momento una doncella distinta, en cambio en el mar está lo eterno, lo que perdura, lo que nos llama a los hombres a labores más grandes que nosotros y que no podemos entender.
No, nada de arenas ni de mares, la verdad está en el medio, en la costa, en la espuma, justo en el dintel donde las olas y las arenas se encuentran, justo en el centro de lo infinito y lo finito. La costa es intrasable, en cada momento esta cambiando; una ola llega y la siguiente termina en un lugar distinto, así es el presente, siempre mutable y en medio del pasado y el futuro, de lo eterno y de mutable y allí mismo debemos estar nosotros. Las chicas y las arenas nos atarían a una mutabilidad incesante, sin destino ni llegada, y la mar nos conservaría en su superficie sin que nos movieramos en una reflexión perpetua. No se puede permanecer en ningun lado sino en el medio, mojando nuestros pies en la mar, sobre la arena que podemos tocar, caminando por la rivera hasta que justo de frente encontremos a alguien que viene justo en la misma dirección y se dirige justo al mismo lugar.

2 comentarios:

x_centrik dijo...

Y tu? Dónde estás tu?

Porque para mí estarías trepado en una palmera, temeroso de entrar al mar o de "seducir a las bellezas titánicas".

Marie* Lou dijo...

Oorale, me gustó.