miércoles, agosto 09, 2006

Capitulo Segundo

Todos los días nos arrepentimos de trivialidades. Nuestra naturaleza no podría hacerlo de otro modo. Imagine al joven que sirvió años en el servicio militar, o al estudiante indeciso que se ha cambiado de carrera o la divorciada que entregó "los mejores años de su vida". Si a todos ellos le preguntamos: ¿te arrepientes del tiempo perdido? Responderan con bastante cotidianeidad que no. Que necesitaron vivir ese momento para aprender algo de lo que cual no podrían explicarnos muy bien. Así somos los hombres, quizá a ninguno de nosotros nos haya servido años haciendo algo particularmente y sin embargo cuando alguien nos pregunta, nosotros defendemos esos grises años como si fueran de los mejores en la vida.
Quizá por eso sólo nos permitimos arrepentirnos de trivialidades, alguna tonteria, si hoy no le hable, si no hice, si no pensé. Por que de lo contrario estariamos renunciando a una parte de nosotros y eso es algo que no podemos negociar por que de algún modo nuestros años son lo único que tenemos.
La última vez que vi a Linda fue hace meses. Quizá mis discursos filosóficos y nuestras respectivas carreras humanistas les causó una impresión incorrecta. Linda y yo somos todavía muy jovenes para ser adultos y muy adultos para ser jovenes. Peor resulta con nuestros oficios de poca remuneración que nos encadenan todavía a los recursos de los viejos. Algo conseguimos con nuestros empleos de poetas, pero no más que salarios de poeta. ¡Bah! Nosotros los bohemios vivimos de otras satisfacciones y despreciamos los placeres mundanos, o al menos eso es lo que nos venimos convenciendo durante siglos.
Sucede que Linda se mudo con su familia a un país lontano, se despidió donde me conoció: en el metro. La conocí exactamente como me hubiera gustado conocerla. Estaba sentado contra la pared en los andenes, leyendo yo alguna cosa seguramente de Kierkegaard y ella alguna cosa de Wilde. Sólo tuvimos que vernos para que todo comenzará por que en el paisaje urbano no hay algo más extraño y poco común que otra persona leyendo, ya no se diga algo bueno.
Para despedirnos, escogió ese lugar por ese ritual de ser solemne en las ocasiones más irrelevantes para el universo, que dos personas se despidan no es sino una gota en una marea de acontecimientos. El metro con su inmensidad humana nos recordaba eso, pero a la vez fue un pretexto excelente para que ninguno de los dos estuviera demasiado triste; no por dentro sino por fuera ya que nos libraría de espectaculos sentimentalistas de los cuales temíamos tanto.
¿Quién quiere despedirse en esos artificios comerciales llamados aeropuertos? Tampoco podríamos hacerlo en casa o en la universidad por que dejaría impregnado el recuerdo, debíamos hacerlo allí, no en los andenes sino adentro del tren, para que al salir del vagón la gente se llevará con su aura las tristezas. Escogimos la ruta de antemano, ella se bajaría en una estación preseleccionada y yo permanecería adentro. Desde que bajamos al subsuelo guardamos silencio, y no pronunciamos una palabra. El trayecto lo escogimos largo, y lo único que pudimos hacer es abrazarnos. No pudimos mirarnos, ninguno de los dos quería abrir los ojos, pero de pronto lo hacíamos y no nos mirabamos mutuamente sino que veíamos a la gente de costumbre, recuerdo haber visto a un ciego, y a un paralítico. Ni siquiera teníamos tiempo para sentirnos miserables por ellos pero de algún modo yo me sentí justo como uno de ellos. Mi pensamiento dió un tumbo, cayendo en el cliché heleno de "sentirse extirpado, como perder una parte de sí." Así, recordando a Platón me sentí como el paralítico, impotente, desauciado, con un cuerpo inservible por un malfuncionamiento nefasto. Es mi último recuerdo, oliendo su perfume, alguna crema con la que había enjubilado su piel que hasta entonces no le había conocido, finalmente se fue.

Pasaron los meses y uno se acostumbra con mucho trabajo a la ausencia física, no así a la ausencia mental. Ella sigue presente y no hace falta nombrarla. Uno sabe simplemente quien es. Así como uno se olvida de su propio nombre para uno mismo y si no fuera por los demás quienes deben preguntar el modo lingüístico al que uno responde, de ese mismo modo uno comienza a olvidar el nombre de "ella". Se convierte en parte de tu cotidianeidad y poco a poco deja de tener esa etiqueta nominal y se convierte en otro ser al que por momentos tenemos acceso directo. Que tan penoso sería que nos pensaramos a nosotros mismos y que no estuvieramos. Siempre que nos pensamos estamos presentes, no podemos llevar nuestro pensamiento lejos de nuestro ser, salvo aquellos iluminados que tienen la facultad del viaje astral y aún en su caso no sabemos que tanto de su ser llevan consigo u olvidan. Pero en el caso de la otra persona, la añorada, la querida, ella si puede estar ausente, aunque sea tan nuestra como lo es nuestro propio ser y nosotros tan suyos como lo es el suyp. De allí se puede explicar por que es tan doloroso un distanciamiento, a lo que a uno le quedan pocas alternativas: o se olvida o no.
Existen casos en donde el enamorado no puede olvidar y fatidicamente sólo le queda llevar consigo el recuerdo hasta el final de sus días. Pero hay opciones, también esta el recurso de la catharsis que pretende no olvidar sino superar a través de la poesia. Ea pues, que alguno de ustedes puede imaginarse porqué continua la presente obra. ¿Ustedes pensarán que un filósofo es tan ingenuo y ocioso como para descuidar el mundo y ponerse a crear ficciones? ¡Si por algo Platón expulso a los artistas de la República!
Este filósofo ha decidido hacer una catharsis, pero de algún modo no es para mi. Como el poeta trágico me veo condenado a revivir los dolores de mi pena al relatar esto. ¿por qué quisiera hacerlo? Si lo hacían los poetas es por que de allí podían vivir, de concursos los mejores trágicos y de limosnas los peores. Yo ni a limosnero de poeta llego, por lo que no tendría sentido renovar mis pesares. Esta catharsis no me librará de ningún pesar, si acaso los revive y recuerda. Entonces ¿qué propósito tiene? El propósito no está aquí sino allá. Si para alguna chica es suficiente un poema, no lo es para ella, algunas necesitan mucho más que eso. Ella merece si acaso una novela.
No puedo decir que me arrepiento de todos estos meses en los que hemos estado separados. Como he dicho, nadie puede entregar tanto tiempo, por que de eso estamos hechos. Pero uno puede arrepentirse de pequeñas cosas, de no haberla visto más mientras dormía, de no acariciarla en el auto, de no haberle pronunciado una palabra al despedirnos. Arrepentirse es lamentar haber hecho algo, pero también es imaginar que las cosas pudieron haber sido de un mundo distinto. Cada vez que imaginamos algo que pudimos haber hecho es una piadosa oración de arrepentimiento, y la ficción ¿no es más que eso?
¿No es acaso más que imaginar mundos imposibles, mundos que todavía no existen y que quizá no existirán? ¿La poesía y la literatura no es un arrepentimiento? Permitaseme entonces arrepentirme, arrepentirme de todas las cosas que nunca sucedieron, arrepentirme de las cosas que quisiera vivir, dejeseme imaginar un día, un mes, un año o una vida que quizá nunca existieron pero que ahora conozco y que quisiera vivir. Permitanme arrepentirme al menos de trivialidades.

10 comentarios:

Miguel Tormentas dijo...

no lo voy a leer ahorita pero quiero ser el primero en comentar

JA JA idiotas, muerdan el polvo

ale dijo...

alex cava! me identifiqué tremendamente.

marmx dijo...

Bravo Cavallazzi!. Escribir prosa cualquiera lo hace, pero vivir la vida en poesía. Eso es.

Miguel Tormentas dijo...

ya lo leí, sigue sigue sigue!

Anónimo dijo...

excelente, ojalá que su literatura no sea un plagio como su música http://www.youtube.com/watch?v=cbRgpXZns1o

Anónimo dijo...

no funciona el link hay que ponerlo manual

http://www.youtube.com/watch?v=cbRgpXZns1o

Pato Pascual dijo...

Jajajajajajajajajajajajaja!

Pato Pascual dijo...

Muchisimas gracias a los lectores. : )

Muda de Piel dijo...

Muy bien =)

Anónimo dijo...

Enjoyed a lot! » » »