miércoles, marzo 30, 2005

Remi

Casi todos los blogs de mis amigos son literarios. Espero que este no sufra del mismo tragico destino. Mientras el sino se decide. Le voy a hacer a la Edipo y jugarmela. Remi. Este es su unico recuerdo.


La trágica historia de Remi.

Mi hermana es amante de la naturaleza. Desde que recuerdo siempre trajo animalitos a casa para curarles las heridas. Cuido gatitos hambrientos, pajarillos con las alas rotas, colibríes atrapados en las ventanas de la casa, ratoncillos perdidos e incluso una vez se negó rotundamente a que la familia se comiera una chivita que se había cuidado durante un mes. Esta historia la he escuchado cientos de veces. El animalito se apareció de pronto, en el portón de la casa. A la mitad de los años ochentas San Jerónimo aún era un pueblito urbano colindante de caseríos y rancherías, pero no lo suficiente como para que la aparición de un chivo fuera normal.
El chivo vivió tanto como pudo ser engordado y añejado para la fiesta que se haría en su honor.
Al ofrecerle a mi hermana su plato de taquitos de barbacoa --que según aún recuerdan las visitas; pocas veces probaron uno igual-, ella dijo: -¡No, yo no como carne de amigo!

Hace un año, mi hermana escuchó en su casa el aullido hambriento de una camada de cachorros. Su madre, una perra local, los había abandonado a su suerte.
Acceder a los terruños fue difícil, debía internarse en el cerro para capturarlos. Algunos se comportaron de manera agresiva, y bajar la pendiente con los animales resulto aún más complicado. Ximena fue trayéndolos de a dos en dos, de a pareja por semana.
El último en ser capturado era el más pequeño y débil del cual se pensaba no sobreviviría. Ximena los cuido, mientras le buscaba casa a seis cachorritos de labrador cruzado.
Algunos de ellos, sobre todo las perritas parecían “muy labradores”, y no tardaron en irse de la casa. Sólo quedaban dos de los machos que fueron a parar uno con mi amigo Jacobo quien lo nombró Napoleón y el otro con mi hermano Pedro. Su familia lo adopto con el nombre de Max.
Sólo quedaba el pequeño benjamín, que era negro con las patas blancas como guantes, y una mirada de continuo terror. Era temeroso, inseguro. Sin duda fue el que pasó más hambre y frío. Siempre aprovechaba la oportunidad de meterse en tu regazo para calentarse. Al principio resultaba tierno, pero uno se daba cuenta de que era casi patológico, compulsivo. No culpo al animalito.
En mi casa nadie quería un perro. Ya todos estábamos muy contentos con Hollín. Un Chow-Chow negro, muy educado e independiente. Hace monadas, recibe la comida con singular cuidado, recibe un cariño con agrado pero no los busca, aunque tampoco los niega. Es un perro muy amable con los extraños, aunque tampoco nadie ha puesto en duda su valentía.
Mi hermana hizo lo imposible por convencérseme a mí, y a mí mamá. Pensé que con un poco de cuidado y amor podría ser el pequeño labrador un buen perro.
Era muy pequeño para vivir en el exterior. Le adaptamos un cuarto adentro de la casa. Le pusimos una cajita con ropa vieja donde acostarse y bañamos el piso de periódicos. La primera noche se quejó mucho, pero al cabo de una semana ya estaba acostumbrado.
Como era verano le pude dedicar mucho tiempo. Estaba con él y lo mimaba. Pero no lograba que fuera menos neurótico. La gente me decía que era la edad, pero yo no recordaba que Hollín fuera así.
Por su actitud azotada y sus ojos enormes, tristes y brillantes decidí llamarlo Remi. Sí como la caricatura de los ochentas. Sí como la novela romántica francesa.
Le pusimos vacunas, lo desparasitamos y yo le recogí sus gracias. Mi intención es que el perro estuviera listo para vivir afuera para cuando entrará de nuevo a clases.
Hollín duerme adentro. No pone problemas y si tiene que ir al baño o se espera o avisa. Esto es increíble, por las noches me pide que habrá las puertas para ir y así no molestar por la mañana. No fue difícil educar a Hollín. De hecho nadie recuerda como le enseñamos tantas cosas. Esa fue mi única experiencia con la educación caninca.
Pensaba que con Remi sería similar. Pero como se puede adivinar no fue así. Rompió cosas, se meó adentro y le saltaba a la gente con sus patas sucias. Todos en casa contribuyeron para enseñarle. Pero algunas cosas simplemente fueron imposibles.
El acceso a la casa se le negó absolutamente y la única manera que entendía de que no se le subiera a la gente era hablándole fuerte.
Decidimos hacerle una casita al perro ya que viviría afuera. Era una caja de madera con la misma ropa vieja adentro. No pareciera que pasara mucho frío y de hecho se acostumbró rápido. En ese tiempo procuraba dedicarle tiempo e incluso me olvide un poco de Hollín que no parecía necesitar mucho por el momento. Luego descubrí que Hollín no se quejaba, no pedía atención y cuando estaba con Remi fingía que no le importaba, pero dejo de comer y se volvió más solitario que de costumbre. Además no le simpatizaba mucho Remi por que siempre que el cachorro lo veía le saltaba encima y le jalaba las orejas. De nuevo achaque todo al ímpetu de su edad. Pero algo me hizo dudar de nuevo. Mis sobrinos jamás le tuvieron miedo a Hollín, ni siquiera en su intempestuosa adolescencia. Hollín jamás se abalanzaba sobre nadie y si alguna vez lo hizo por emoción bastaba un no para que obedeciera. Mis sobrinos le tenían en cambio pánico a Remi, solía ser demasiado agresivo.
Los labradores no son toscos, se consideran perros de familia por excelencia, más que los Chow-Chow que tienen fama de perros de guardía. Pero intente proseguir con mi intento de enmendar al perro.
Note una actitud particular en Remi, en cuanto salía al patio se me acercaba y me seguía a donde fuera. Primero lo interprete como una actitud de gratitud pero luego me di cuenta que estaba cazando constantemente la oportunidad de meterse a la casa, o al cuarto de lavabo o a la imprenta. Observe con detalle el fenómeno. Remi estaba pendiente del sonido de las puertas y no de la gente que entraba o salía.
Varías veces se las arregló para entrar a la lavandería y tirar todas las tollas y prendas para ponerse cómodo. Lo mismo hacía con esa desfachatez con los sillones de la casa y de paso dejaba regalitos.
Nunca me molesto la desobediencia del perro. Sino algo en su actitud. Podía sentir su condescendencia sólo por interés.
Recuerdo que una vez le permití sentarse en mi regazo, cuando era cachorro, en la oficina de mi papá. En otra ocasión, ya crecido el animal, estando yo en el mismo lugar, se me abalanzo como nunca lo había hecho y se acomodó en mis piernas.
Después de eso busque alguna ocasión en que se me acercará por algo que no fuera meterse a la casa o acomodarse neuróticamente entre mis piernas y nunca encontré una ocasión que así lo hiciera.
Cuando llegaban invitados no los recibía sino que se echaba a correr y ladraba desde lejos. Perro desconfiado y cobarde.
Para ese tiempo ya todos estaban hartos de él. Los clientes de la editorial, los trabajadores de la editorial, toda mi familia y a Tere, incluso Hollín se sentía fastidiado.
Le empezamos a buscar casa, pero no hubo quien lo quisiera. Ni siquiera los niños se le acercaban.
Poco a poco se le fue haciendo menos caso, aunque comía bien y con una voracidad que nos sorprendía a muchos. Se las arregló para chantajear a mi papá con aulliditos quejosos y nos despertaba a todos para que mi papá le sirviera doble o incluso triple ración de comida.
El perro empezó a rascarse la panza, y al cabo de unos meses tenía todo el vientre rojo. Lo llevamos al médico y le diagnóstico Sarna. Lo bañamos y esa ocasión casi muerde a mi padre. Ese motivo decidió de una vez y para siempre que debía irse.
Luego fue vacunado y también se le dio medicina. Nada le hizo efecto.
La supuesta Sarna invadió su hocico y sus ojos, su rostro sangraba y en una de sus escapadas a la lavandería lleno todas las sabanas y tollas de sangre. Fue entonces que mi papá lo denomino como: “un peligro para la salud de todos”.
El que más expuesto estaba era Hollín, que había perdido peso y salía poco al jardín más que para lo necesario por evitar a Remi.
Conforme la Sarna aumentaba, el espíritu activo de Remi disminuyó, y su neurosis que entonces era sublimada por su quema calórica de hacer hoyos en la tierra y saltarle a la gente se transformo en puro estoicismo.
Se tiraba al sol, se rascaba con neurosis. Ya nadie se le acercaba por sus dolencias y parecía aburrido y fastidiado. Tanto como nosotros de él. Incluso Remi se había hartado de sí mismo.
Nadie quería al perro. El doctor cambio su diagnóstico de Sarna a incontrolable alergia. La verdad es que no nos supo decir que hacer. En la salida a Toluca esta el refugio franciscano. Los buenos monjes recogen animales de la calle y los cuidan. Llamamos para haber si lo aceptaban. Imposible, el refugio estaba repleto, 5,000 animales y con condiciones de salubridad terribles.
El perro debía irse. Pensé en llevarlo al campo, a que hiciera su vida. Se procurará comida. Nunca fue muy listo, pero era mañoso. Estaba convencido de que podía hacerse su camino.
Mi papá dijo que lo llevarían al veterinario. Para ver que se le haría con su dolencia. Fue un domingo. Fui al parque a practicar Shaolín. Cuando regrese Remi ya no estaba. Se había ido. Primero sentí el alivió. Había recuperado el jardín, no más ese horrible perro, no más aullidos hipócritas.
Pero también sentí lastima por el animalito. La misma lastima que sentí por el durante toda su vida. Y no pude escoger un nombre que fuera tan acorde con él, incluso hasta el final, una vida corta y llena de pesares aunque nadie lo halla querido así.

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