jueves, marzo 31, 2005

La mayor de las angustias

El pobre de Lorenzo Gautama sufrió toda su vida no sólo por el poco ortodoxo nombre en occidente con el que sus padres lo bautizaron en una ceremonia krishna, sino también por la profecía hecha por un sabio adivino del tibet que se hospedo en su casa cuando tenía ocho años.
El sabio le dijo el nombre de la mujer con la que se casaría, incluso le hizo una descripción física tan detallada, que en su memoria el podía recrearla con tan sólo cerrar sus ojos.
La profecía siempre estuvo presente en sus pensamientos pero conforme pasaba el tiempo cobraba un menor significado. Incluso llegó a salir con una chica que poco tenía que ver con la descrita por los cielos budistas, ocasionándole un notable descrédito por esa y cualquier otra predicción.
No hizo falta mayor indagación, un día la vio pasar por su escuela, no mucho tiempo después se la presentaron. Era ella, la mujer con la que engendraría. Pero mientras tanto el seguía con su chica, y a pesar de la impresionante revelación él adjudico el hecho a una coincidencia.
Pasó un tiempo sin verla. Al menos varios años, y también dejó a la chica. Poco tiempo después la comenzó a observar en la universidad, ella había ingresado a la misma.
El oráculo escribió felicitando las bodas por anticipado. Dentro de meses se daría el encuentro inicial con el que comenzaría su relación hasta culminar en el matrimonio y una vida llena de dichas. El profeta insistió en decir que nunca había visto un destino de tantos que había visto tan prometedor como el de Lorenzo.
Él sintió pánico. Si esto estaba destinado a suceder ¿por qué necesitaba saberlo? ¿para estar preparado? ¿para dejarse llevar por el camino o para precipitar los acontecimientos?
Lorenzo no hacía otra cosa en la escuela que escrutar el paradero de ella. Cuando la conoció le pareció atractiva y de conversación interesante, pero no creía que fueran almas destinadas a estar juntos. Le parecía que eran muy distintos.
Cuando la veía sentía un súbito temblor. Los cielos se precipitaban sobre él y la tierra rugía. Una persona, desconocida, ignota. En no mucho tiempo tendría todo el significado del mundo. Ella lo cambiaría irremediablemente, conduciéndolo a un nuevo estado mental que lo obligaría a crecer como persona y convertirse en quien debía ser.
Esto no es angustiante en lo absoluto. Todo el tiempo sucede. Millones de personas alrededor del mundo cambian por ocasión de una nueva experiencia personal. No sólo no es temible sino apetecible que esto suceda. Todos quisiéramos conocer a alguien que nos cambie y nos conduzca de la mano hacía un lugar en nosotros mismos que no sabíamos que existía; hacía un jardín secreto de encantos.
Pero la tragedia de Lorenzo era saber esto. ¿Cuándo sucedería? ¿Por qué tenía que suceder en un tiempo indeterminado en el futuro y no ahora? ¿Cuándo pasaría? Y sobre todo temía que no se cumpliera a pesar de las profecías del oráculo.
Si Lorenzo se matará, el augurio nunca se realizaría. Que Lorenzo lo supiera podría al menos dar una posibilidad de que lo evitará. Si lo desconociera sería inevitable. Pero... no. ¿y Edipo? Lo único que provocó fue precipitar el acontecimiento. Cualquier cosa que hiciera Lorenzo provocaría que el suceso ocurriera y aún así no podía hacer nada por que el suceso estaba destinado a acontecer en un momento desconocido por él. Si Lorenzo se precipitaba quizá arruinaría todo.
Pensó en las sabías palabras que el oráculo tibetano solía repetir: Siempre sucede lo que tiene que suceder, no existen las coincidencias sólo lo inevitable e ¿imposibles coincidencias o seguro destino?
Lorenzo estaba condenado a ser feliz de una forma determinada por las estrellas y la tragedia por supuesto no era que esto ocurriera sino que todavía no pasará y no había forma de hacer que sucediera.
Cualquier escritor decimonónico se hubiera espantado ante la angustia sufrida por Lorenzo en aquellos días. Sobre todo cuando la veía. Todas las posibilidades y cavilaciones de su vida se reducían a la figura de una mujer de uno sesenta y cinco que se mueve por el mundo. -Allí esta mi felicidad- pensaba de manera obtusa y neurótica, -y sin embargo no puedo hacer nada-.
Lorenzo pensó en la posibilidad de una prueba. Si podía desprenderse de la charlatanería de la astrología y el destino, rendiría su yo al verdadero estado de conciencia. El oráculo nunca dio indicio de que esto fuese así.
¿Cómo sucedería la unión con su presente estado de animo? Cada vez que la veía huía por temor a precipitar los acontecimientos. ¿cuándo sucedería y de qué modo con su condición actual?
Lorenzo sufría. No sabía que hacer. Aquella mujer que no representaba nada para él ahora, eventualmente se convertiría en su esposa. ¿Cómo acercarse al anhelo conocido?
Debía afrontar la situación, la angustia que le pesaba debía resolverse, no estaba dispuesto a vivir encadenado a una predicción. Su vida se le estaba escapando en nada, en posibilidades irresolutas.
Si en el plazo señalado nada ocurría, él le hablaría.

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